Diario

domingo, 1 de febrero de 2009

R.I.P.

A ser sincero, tuve que hacer un esfuerzo por dejar caer una lágrima. Es probable que me la debiera a mi mismo por él.

Nos conocíamos de siempre, sin embargo no tuvimos nunca una auténtica cercanía.

A él le gustaba ejercer de patriarca, en cambio yo, luchaba por evitar ese juego de tiranos, de valerme por mi mismo en toda circunstancia.

Cuando enfermó fuí a verle. Se mostró cercano y sentimental. Y hasta en eso se equivocaba.

No teníamos los mismos gustos ni en música ni en practicamente nada. Su nostalgía no formaba parte de mi vida. Nunca fui nostálgico, ni busqué expreso mantener el pasado como algo que para muchos debe ser lo mejor.

Mejoró y vino con cierta frecuencia a visitarme (en casi veinte años me visitó una sola vez, y lo hizo porque decidíeron otros organizar una comida en casa).

En aquellas repentinas visitas presentía una despedida.

En una de ellas manifestó: ¡pues no me siento bien aquí! ¡quién me lo iba a decir!

Al cabo de unos meses recayó de su enfermedad.

Ya no cabía duda alguna de que se marchaba definitivamente.

Era díficil acercarse a él. Tanta gente quería hacerlo. Al fin se nos ofreció la oportunidad de estar

a solas. Me acerqué a él. El asió mi mano y susurró: el abandonado, el olvidado. Puse un dedo sobre mis labios y asimismo susurrado le confié: sssschissss, no son necesarias las palabras.

Dos días después suspiró por última vez.

Se llamaba Antonio. Y, era mi hermano mayor.


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