Diario

sábado, 8 de noviembre de 2008

El escondite

A pelo el apendice de Emilio LLedó "Dentro de todo sí hay un pequeño no y dentro de todo no hay un pequeño sí"

El Escondite

La psicóloga me dijo un día: eres muy contradicctoria. Yo asentí, cómo negarlo. Es una realidad inexpugnable. Pero pensé a mi vez que, como casi todo el mundo.

Cuando volví a casa me dió por pensar en el tema. Y así despacito pensé en el despacho de la psicóloga.

Era un despacho ubicado en el ayuntamiento. A mi espalda otra asistente de los servicios de bienestarsocial, se ocupaba de otra persona,valga la redundancia, que también tenía problemas.

No sabía cuales porque con los míos iba sobrada, además no tenía pañuelo en el que depositar las copiosas lágrimas. La psicóloga tampoco tenía.
Eso si que es una contradicción. Un paciente sin intimidad y una psicóloga sin pañuelo.

Y puestos en la contradicción diré que la tarde se ha vestido de colores pastel. Rosa, malva, amarillo, profuso azul el mar y un vede tenue el cielo. El perfil de los montes de Africa nítidos y caprichosos se asoman al horizonte.
¿Donde está la contradicción pues?

En el cambio de actitud. Empecé llorando ante una terapeuta y acabo sonriendo embelesada ante este atardecer precioso.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

¡ CARAY CON LOS IDIOMAS !

Mi amiga Anna mide 1,80 de estatura. Su origen danés le sirve de excusa cuando se equivoca.
Mi amiga Anna dice que lleva treinta años planchando, que ha planchado un millón de camisas y que nunca nadie le ha pagado por ello.


Mi amiga Anna, tiene razón porque ni su marido ni sus tres hijos la respetan en modoalguno. Lo dice ella misma.


Mi amiga Anna dice que su criada gana más que ella.


Cuando mi amiga Anna usa la palabra criada a mí se me sube la sangre a la cabeza.


Cuando era niña, en mi casa se les llamaba “la muchacha” “niñera” “costurera” pero sobre todo se llamaban por sus nombres: Pepa, Rosario, El Ama (como ama que era) Elvira, Ana, Sara, Julia Anita.


Pepa, que era nuestra costurera, solía venir de vez en vez a ayudar a repasar, nos contaba historias de la guerra, que si a uno le dieron el paseillo, que si al otro lo habían matao los de este u otro bando. En fin, nosotros como niños escuchábamos con los ojos muy abiertos y un extraño escozor en el corazón.


Julia era una mujer casi tan alta como mi amiga Anna y vestía siempre impecable. Peinaba con un moño de un pelo intensamente negro casi en la nuca. Pulcra como ella sola, lavaba y sobretodo planchaba que era un primor. Viuda tenía que ganarse como tantas otras la vida sirviendo. Una de sus piernas estaba muy gruesa, hoy sé que era una pierna enferma, cojeaba un poco, pero no le restaba su cojera aquella prestancia alguna. No era habladora, pero cariñosa con nosotros y siempre en su sitio como ella misma decía.


De Julia nunca supimos gran cosa, pero la recuerdo con gran afecto y admiración.


Elvia, fea y con los ojos siempre llorosos con extraño mentón –como si se hubiese quemado mientras reía- era alegre y decían que de la vida. Le conocí con el tiempo siete hijos de padres siete.


Elvira hija, le decía mi madre, puta, bien pero tonta también…Al crecer supe lo que era ser tonta, y puta. Entonces ni nos decían que significaba la palabra si la habíamos pescado por un casual.
Rosarillo fue la niñera de mis hermanos más pequeños, la que había sido la nuestra- de mi hermano mayor y mía- se llamaba Carmelilla. Guapa como ella sola y hermana de Elvira echaba un ojo pero con tanta gracia lo hacía que parecía que se le encendiera la mirada. Fue la gran tentación de mi tío Pepe, pero se casó pronto y dejó de servir.


Sara con sus dos hijos, dormía en el granero. Una habitaciones altas que en las casas de entonces servían entre otras cosas para guardar el grano, colgar jamones, guardar las granadas, los caquis, y los melones, las orzas de mánteca y un sinfín de servicios más que prestaban. Según la familia claro. Sara no tenía donde ir. Con un marido borrachin estaba la pobre tan desvalida, tan en los huesos.


Anita, era una mujerona joven y rubia del campo. Ella llegó cuando ya tenía yo al menos diez años. Ella y el novio, mejor dicho sus reflejos tras los cristales biselados del portal, se mostraban abrazados. Nos retiraban antes de que llegase el novio y si se adelantaba nos mandaban arriba, pero sí, alguna vez vimos que se abrazaban. Luego oí a mama decirle Anita, Anita y ella le respondía señora que me mete mano pero sin llegar a na. Hoy aún creo oír el extraño sonido de aquellos besos.


La última que yo recuerdo se llamaba Ana y le decíamos la loca. La pobre tenía bocio y cuando se enfadaba porque mama le había llamado la atención por algo empezaba a gritar ¡que me ahorco, que me ahorco¡


Alguien puede pensar que eramos ricos, pero se equivoca, ellas eran muy pobres y por nada y menos trabajaban.


De todas tengo gratos recuerdos por eso cuando mi amiga Anna utiliza la palabra criada me hierve la sangre. Claro que es extranjera.

INDIFERENCIA O TIMIDEZ

Mi amigo Fidel y yo, fuimos a una tasca a la solíamos ir con frecuencia. Así como tantas otras veces, llegamos y tomamos asiento. A nuestro lado en otra mesa había un señor mayor mirando obstinadamente hacia ningún sitio. La tasca estaba a reventar de gente. Habíamos tenido suerte al encontrar mesa, claro que estábamos tan apretujados que apenas nos podíamos mover, y eso dificultaba pedir algo porque había que levantarse puesto que no tenía servicio de mesa. Teníamos que pedir en la barra, pero en fin, lo hacíamos como mejor podíamos.

Como éramos conocidos hubo un momento en que el dueño se acerco a saludar y poniendo las manos sobre los hombros de mi amigo Fidel, le dijo: voy a pelearme con ese hombre, lleva un rato grande ahí ocupando una mesa sin pedir nada. A lo mejor, dije ese hombre no sabe que tiene que hacer su pedido en la barra…El dueño sin decir ésta boca s mía se retira hacia la barra. Mi amigo me conoce bien y me dice, tú no te metas. Obvio su comentario y me dirijo al Sr. Señor, perdone, sabe usted que aquí hay auto-servicio, si responde, hace ya un buen rato que pedí. Ah bueno.

Volví a mi asiento y se lo dije a mi amigo. Seguimos en nuestra charla aunque Fidel andaba un poco mosca por mi “intromisión”. El dueño miraba a Fidel con cara de sorna, y como no llamaban al hombre, volví a acercarme y le dije, señor, que ha pedido usted. Una caña y media ración de jamón, me respondió. Entonces me acerqué a la barra y solicité para el caballero la consumición. Ni caso. Entonces elevé un poco la voz y clarito como el agua pedí de nuevo lo que el señor hacía rato había solicitado y ya sin duda alguna que lo había hecho porque a mi también me había obviado. Sin otra opción salvo que deseara el dueño acararme me entregó la solicitada caña y un minuto después el plato de jamón que yo misma puse en la mesa del señor y torno a la mía.
Mi amigo Fidel, ya tiene un cabreo de órdago. Me espeta, ya estarás contenta, has hecho la buena acción del día. Obvio su comentario, pero me dice, pago y nos vamos. De acuerdo, digo, nos vamos. El señor me da las gracias y se queda allí consumiendo felizmente su jamón y su cerveza.

Mi amigo Fidel es de la opinión que éste mundo es una jungla. ¡Tiene toda la razón! En la jungla hay fieras feroces, pero la jungla nos sorprende al mostrarnos animales que aún en su pequeñez osan plantar cara a otros mucho más fieros.

En el caso de mi amigo no es falta de valor, o si, depende del concepto de valor que cada cual tenga. Pero tal vez mi amigo Fidel tan sólo es que es tímido. Aún así, creo que mi amigo debería dejar hacer a los demás lo que sienten que tienen necesidad de hacer a pesar de que tengamos también miedo.

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