Diario

viernes, 4 de marzo de 2011

Querido diario:
Sabes tanto tanto de mí...
Conoces la impotencia que siento, la rabia que me causa la burocracia. Cómo trato de evitarla, y la imposibilidad de arrancarla de su indiferencia hacia la humanidad. Como odio que se utilice sólo para trillarnos a pleno sol, o a bajo cero.
La burocracia. Esa cosa sin identidad ni vísceras. Ese algo sin apego ni conciencia ni ética.
Ese algo, que hace desgraciado a todo el que se tropieza con él, que agota la paciencia y la buena fe de las personas.
Esa burocracia que hace de nosotros, los peatones del mundo, unos seres maldicientes y airados. Porque creemos que sin ella vivir sería más grato, menos cabrón. Y porque es precisamente esa burocracia la que nos pone descontentos y malhumorados. Y esos seres que impávidos la aplican.Como si no fuesen a tropezar con ella como cualquier hijo de vecino.
Tú, diario, sabes tanto tanto de -porque no decirlo- la humillación que genera el pretender ser ágil, y que un algo impalbable te haga perder horas y días preciosos que podrías pasar vagabundeando de acá para allá, dedicándote a saborear un paseo, a prestar tu oído a alguien, a
compartir esos momentos, ya días con personas que necesitan de tu tiempo, de unos sencillos minutos, pero resulta que, para cualquier chuminá, la burocracia indiferente, se lleva esos ratos valiosos para cambiarlos por hastío e impotencia.

Porque a pesar de los humos que tiene, es lenta e ineficaz, y sirve para torturar al ciudadano.
Qué te voy a contar diario, sabiendo tu, tanto tanto...

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