Diario

domingo, 1 de marzo de 2009

el espejo del tiempo

Sí alguna duda había, ha desaparecido estos días atrás. Los miedos se han convertido en horrores. Los horrores que Dorian Grey vio en el espejo, los he estado viviendo en estos días.
Esa imagen se movía a mi lado. Como enhebrada a mi falda. Caminaba arrastrando los píes. Nada acaparaba su atención excepto yo misma.
Hablaba sin cesar, sin esperar respuesta alguna. Comía lo que había. Dormía cuando yo dormía. No se concentraba en nada, nada miraba que no fuera lo que miraba yo. No tenía más mundo que mi mundo.
Eternamente a mi vera. Mi sombra envejecida, mi yo errante en la senectud. Omisa a toda la belleza que nos rodea.
Sólo la mirada interior, vacía de todo mundo viviente. Ajena de bullicio y alegría espontánea. La nada palpable, la nada latente enguyendote.
Qué lejos de esa vejez que ves en las revistas de los viejos activos y bellos, paseando, yendo de hoteles, bailando, leyendo libros en un mundo rico y variado.
Lo que he vivido en estos días es la vejez pura y dura de un ser anónimo, dependiente y encadenado a lo que otros dispongan.
Es la vejez de la mayoría. Es el horror.

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