Se llamaba Albert y tenía dos hijos. El mayor era músico, el menor drogadicto.
Albert trabajó desde pequeño. La guerra, ya se sabe...
Reunió un buen capital, heredó de sus abuelos y de sus padres tierras a la orilla del mar del Norte.
Jamás estuvo de acuerdo con vender todo y dejarlo en vida a los hijos, pero lo hizo.
Enfermó joven y vivió sus últimos años de una relativamente buena renta porque se fue a vivir al sur de Europa. A un pequeño apartamento de unos alemanes que por cuidar de la casa le rebajaban el alquiler. También hacía otros trabajos. Iba por leña y estudiaba español.
Estudiar español era según decía su trabajo más duro.
Hizo muchas cosas que no quería hacer para evitar confrontamientos en casa.
Decía: así soy yo. Ya lo he propuesto. Nadie ha oido ni me ha hecho caso. Bien. Hago caso yo y que me dejen en paz.
Hacía un pan riquisimo y muy variado. Repartía con sus vecinos aquellos panes. Y con su profesor de español.
Cuando paseaba por el campo mientras su mujer se doraba al sol hablaba con la gente. La gente le regalaba patatas, tomates, pimientos, y toda clase de frutas que el en gran parte convertía en mermeladas y asimismo repartía.
Se prestaba a ayudar en lo que fuera.
Se fue para siempre trás una dura lucha consigo mismo y con su enfermedad. Se fué para siempre trás el hijo drogadicto.
2 comentarios:
Qué texto tan estupendísimo :) Seguidora soy, inminentemente.
Leo tu últtimo texto y me siento anonada y extrañada de que encuentres el mío bueno. Gracias tengo tanto que aprender de ti y otros que me pregunto si algún día llegaré a vuestra altura. Si conseguiré ese optimismo a pesar de lo que nos rodea. Gracias.
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