Diario

martes, 23 de diciembre de 2008

Mirando al mar soñé

He bajado al pueblo. Iba cantando bajito. Quería mirar al cielo y no era posible. Los boquetes, las losas levantadas, la estrechez de la acera y los postes sobre ella, cuando no un coche subido encima de esta lo hacían impracticable, lo del mirar al cielo digo.
Los ojos de las gentes vacíos de comunidad, de cercanía. Sólo un niño cantaba eso de" un elefante
se balanceaba..." el resto hostilidad.
Rostros ceñudos y apatía por doquier.
Para que puñetas necesitamos en las calles luces y adornos navideños si las luces de nuestro interior están apagadas. Si la sonrisa que es gratis no somos capaces de esbozarla. Si el buenos días o las buenas tardes, si se dan, semejan gruñidos de fiera.
Miras a los ojos de las gentes y rehuyen la mirada esquivos, como amedrantados. Tal vez de si mismos.
Un viejo me ha pedido candela. Mientras busco el mechero cuenta una historia truculenta de que han matado a un muchacho. Tenga usted cuidado, estos moros roban y matan. -No necesitamos moros que maten y roben nosotros solitos ya nos encargamos, le digo. Cambia de tercio como por arte de magia. Se me ha vaciado la sonrisa y apago el cigarro. Lo apaga usted entero, me dice. Es que me ha quitado usted la gana de fumar-le respondo. Bueno, señora vaya usted con Dios. Y usted también que buena falta le hace buen hombre.
Al llegar a casa me pongo a contemplar el árbol de navidad. Sea como sea voy a recuperar mi ánimo navideño. Una vez al año no hace daño.

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